El antiguo placer de sentirse extranjero
Recuerdo que mi padre solía viajar por motivos de trabajo y, a su vuelta, siempre nos traía objetos nuevos, diferentes, a veces inservibles... pero siempre sorprendentes.
Nos contaba anécdotas sobre situaciones difíciles con gentes extrañas que rara vez hablaban su idioma. Parecía apasionante!
Ah! Viajar al extranjero era siempre una experiencia enriquecedora.
Hoy, treinta años más tarde apenas necesito otro idioma que no sea el mío para entenderme en muchos países. Ya no me confundo haciendo mentalmente el cambio de moneda al comprar un souvenir, pues somos muchos los que utilizamos el euro.
Nivea, coca-cola, zara, close-up, H&M... todo es igual en todas partes.
¡Cuesta tanto sentirse extranjero! Y este deseo no es otro que el de enriquecerse conociendo otras culturas, otras costumbres. Culturas y costumbres que están siendo devoradas, sometidas, olvidadas.
Afortunadamente, todavía quedan algunos sitios maravillosos y espectaculares. Me han dicho que China es uno de ellos. Habrá que probar!
